Nana

Nana

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Ella lo devoraba todo como una hoguera: los robos del agio y los frutos del trabajo. Esta vez concluyó con Steiner, lo devolvió al arroyo, chupado hasta la médula, tan vacío que quedó incapacitado para inventar otra nueva truhanería. Con el hundimiento de su casa de banca, tartamudeaba y temblaba ante la idea de la policía. Acababan de declararle en quiebra y la sola palabra dinero, a él que había manejado millones, le sumía en un embarazo grotesco.

Una noche, en casa de Nana, se echó a llorar y le pidió un préstamo de cien francos para pagar a su criada. Y Nana, enternecida y divertida por el fin del terrible buen hombre que pirateaba la Bolsa de París desde hacía veinte años, se los dio diciéndole:

—Te los doy porque es gracioso… Pero escucha, querido, ya no tienes edad para que te mantenga. Búscate otra ocupación.

Entonces Nana empezó inmediatamente con Héctor de la Faloise. Hacía mucho tiempo que ansiaba el honor de ser arruinado por ella, a fin de ser un perfecto elegante. Le faltaba esto, y necesitaba una mujer que lo lanzase. En dos meses todo París lo conocería y leería su nombre en los periódicos. Bastaron seis semanas. Su herencia consistía en propiedades, tierras, prados, bosques y granjas. Tuvo que vender rápidamente, sin tregua, sin respiro.


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