Nana

Nana

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A cada bocado, Nana engullía una propiedad. Los follajes estremeciéndose al sol, el trigo maduro, las viñas doradas en setiembre, los pastos crecidos y donde las vacas se hundían hasta el vientre, todo pasaba por allí en un deglutir de abismo; incluso desaparecieron un salto de agua, una cantera de yeso y tres molinos.

Nana pasaba igual que una invasión, como una de esas nubes de langosta, cuyo vuelo de llama arrasa una provincia. Quemaba la tierra donde posaba su piesecito. Granja tras granja, pradera tras pradera, se comió la herencia, con su aire gracioso, sin advertirlo siquiera, como si entre almuerzo y cena devorase un paquete de almendras garrapiñadas puesto sobre sus rodillas.

Esto no tenía importancia, eran golosinas… Pero una noche ya no quedó más que un bosquecillo. Ella se lo tragó con gesto desdeñoso, porque para eso ni siquiera valía la pena molestarse en abrir la boca.






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