Nana
Nana Héctor se reía como un idiota, chupando el puño de su bastón. Las deudas lo aplastaban, no tenía ni cien francos de renta, y se veía obligado a regresar a provincias para vivir con un tío maniático, pero esto no tenía importancia; él era un elegante, y Le Fígaro había impreso su nombre dos veces, y con el pescuezo flaco entre las puntas inclinadas de su cuello postizo, el talle ajustado bajo una chaqueta demasiado corta, se balanceaba con exclamaciones de cotorra y lasitudes afectadas de títere de madera que jamás ha sentido una emoción. Nana, a quien irritaba, acabó por pegarle.
Entretanto, Fauchery había vuelto, traído por su primo. Este desventurado Fauchery, en aquellos momentos tenía su hogar. Después de romper con la condesa, cayó en manos de Rose, quien lo usaba como un verdadero marido. Mignon seguía simplemente como mayordomo de la señora.
El periodista, instalado como dueño, mentía a Rose y adoptaba toda clase de precauciones cuando la engañaba, lleno de escrúpulos, como un buen esposo que desea vivir como es debido.
El triunfo de Nana consistió en tenerle y comerle un periódico que había fundado con el dinero de un amigo; ella no le exhibía; por el contrario, se complacía en tratarle como señor que debe ocultarse, y cuando ella hablaba de Rose, siempre decía «esa pobre Rose».