Nana

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El periódico le proporcionó flores durante dos meses; ella tenía los abonados de provincias; lo cogía todo, desde la crónica hasta los ecos teatrales; luego, después de haber ahogado la redacción dislocado la administración, se mantuvo en un gran capricho: un jardín en un rincón de su hotel, que se comió la imprenta. Por lo demás, esto no pasaba de ser una broma.

Cuando Mignon, feliz por la aventura, corrió a ver si podía dejarle a Fauchery totalmente, ella le preguntó si se burlaba: un mozo sin un céntimo que sólo vivía de sus artículos y sus obras, ¡vamos, vamos! Esa tontería estaba bien para una mujer de talento como la pobre Rose.

Y desconfiando, temiendo alguna traición por parte de Mignon, que era muy capaz de denunciarles a su esposa, despidió a Fauchery, quien ya tan sólo le pagaba en publicidad.

Pero conservaba un buen recuerdo suyo, pues se habían divertido mucho juntos a costa del idiota de Héctor de la Faloise. Tal vez jamás se les hubiese ocurrido la idea de volver a verse si el placer de burlarse de semejante fatuo no les excitara. Esto les parecía algo gracioso; se abrazaban en sus narices, se corrían las grandes juergas con su dinero y hasta le enviaban de recadero al otro extremo de París para quedarse solos; luego, cuando regresaba, todo eran bromas y alusiones que él no podía comprender.


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