Nana
Nana Un dÃa, incitada por el periodista, Nana apostó que le pegarÃa una bofetada a Héctor, y aquella misma noche le abofeteó, y luego continuó golpeándole, encontrando aquello muy divertido, feliz al demostrar lo cobardes que eran los hombres. Nana le llamaba «su cajón de tortas», le decÃa que se acercase para recibir su torta, y pegaba bofetadas que le enrojecÃan la mano, pues no estaba acostumbrada a darlas todavÃa.
Héctor de la Faloise se reÃa con su aire extenuado y lágrimas en los ojos. Esta familiaridad le encantaba, la encontraba asombrosa.
—¿Sabes? —le dijo muy entusiasmado una noche, después de haber recibido unas cuantas bofetadas—. DeberÃas casarte conmigo… Nos divertirÃamos los dos.
Ésta no era una frase dicha en broma. HabÃa proyectado secretamente este matrimonio con el deseo de asombrar a todo ParÃs. El marido de Nana. ¡Vaya, vaya! ¡Qué elegancia! Una apoteosis algo excéntrica. Pero Nana le desilusionó con buenas razones.