Nana
Nana —¿Yo? ¿Casarme contigo? ¡Estás bueno! Si esa idea me atormentase, hace tiempo que habrÃa encontrado esposo. Y un hombre que valdrÃa veinte veces más que tú, querido. He recibido infinidad de proposiciones. Tú cuenta: Philippe, Georges, Foucarmont, Steiner ya son cuatro, sin contar otros que no conoces. Es el estribillo de todos. No puedo mostrarme amable, porque en seguida se ponen a cantar: «Yo quiero casarme contigo, yo quiero casarme contigo…».
Se exaltaba. Luego estalló con vehemente indignación:
—¡Pues no, no quiero…! ¿Es que estoy hecha para esas cosas? MÃrame bien; yo no serÃa Nana si me colgara un hombre a la espalda. Además, eso es demasiado sucio.
Y escupÃa con un gesto de asco, como si hubiese visto extenderse bajo ella toda la suciedad de la tierra.
Una noche desapareció Héctor. Ocho dÃas después se supo que estaba en provincias, en casa de su tÃo, el que tenÃa la manÃa de herborizar, él le arreglaba el herbario y corrÃa la suerte de casarse con una prima muy fea y muy devota.
Nana ni siquiera le echaba de menos. Le dijo sencillamente al conde:
—Vaya, cochinito mÃo, ya tienes un rival menos. Hoy debes de rebosar de júbilo… Pero es que se lo tomó en serio. QuerÃa casarse conmigo.