Nana

Nana

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Como Muffat palideciese, ella se colgó de su cuello, riendo y hundiéndole una de sus crueldades en una caricia.

—¿No es cierto? Eso es lo que te desespera a ti. Tú no puedes casarte con Nana. Cuando todos están fastidiándome con su matrimonio, tú rabias en tu rincón. ¡No es posible, hay que esperar que reviente tu mujer…! Si tu mujer reventase, qué pronto vendrías, cómo te echarías al suelo, cómo te ofrecerías así, con el gran juego de suspiros, de lágrimas y de juramentos. ¿Verdad? Querido, sí que sería bonito.

Nana había adoptado una voz dulce y hablaba con aire de zalamería feroz. Él, muy conmovido, empezó a sonrojarse devolviéndole sus besos. Entonces ella gritó:

—¡Por Dios! ¡Lo he adivinado! Ha pensado en eso, espera que su mujer reviente… Esto es el colmo. Aún es más bellaco que los otros.

Muffat había aceptado a los otros. Ahora ya sólo cifraba su última dignidad de ser el «señor» para los criados y los familiares de la casa, el hombre que, dando más, era el amante oficial. Y su pasión le devoraba. Se sostenía pagando, comprando muy caro hasta las sonrisas, incluso robándolas, y no teniendo jamás lo que por su dinero le correspondía, pero era como una enfermedad que le roía y no podía evitar padecerla.


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