Nana
Nana Cuando entraba en el dormitorio de Nana, se limitaba a abrir las ventanas un momento para echar los olores de los otros, los perfumes de rubios y de morenos, las humaredas de sus cigarros, cuya acritud le sofocaba. Aquella habitación se había convertido en una encrucijada, continuamente se limpiaban las botas en su umbral, y ninguno se detenía ante la mancha de sangre a un palmo de la puerta.
Zoé seguía con una preocupación por aquella mancha, una manía de muchacha limpia, indignada al verla siempre allí, y sus ojos se fijaban en ella involuntariamente, no entrando en la alcoba de su señora sin decir:
—Qué extraño, eso no se borra… Y con la gente que pasa.
Nana, que recibía satisfactorias noticias de Georges, ahora convaleciente en las Fondettes con su madre, siempre daba la misma respuesta:
—Caramba, deja que pase el tiempo… Ya se borrará bajo las pisadas.