Nana

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En efecto, cada uno de aquellos señores, Foucarmont, Steiner, Héctor, Fauchery, se habían llevado un poco de la mancha en sus suelas. Y Muffat, a quien el rastro de sangre preocupaba como a Zoé, la examinaba a pesar suyo, para leer, en su tono cada vez más borroso, la cantidad de hombres que pasaba por allí. Le tenía un miedo sordo, y siempre pasaba saltándola, con un temor repentino a aplastar alguna cosa viviente, un miembro desnudo yaciente en el suelo.

Luego, una vez allí, en aquel dormitorio, le embriagaba el vértigo.

Lo olvidaba todo, la recua de machos que la atravesaban, el luto que cerraba la puerta. Afuera, una vez en la calle, a veces lloraba de vergüenza y de indignación, jurando no volver. Pero desde el momento en que cerraba la puerta se sentía nuevamente preso, derritiéndose al tibio calor de la estancia, la carne penetrada de un perfume e invadida por un deseo voluptuoso de anonadamiento.






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