Nana
Nana Él, devoto, acostumbrado a los éxtasis de las capillas ricas, encontraba igualmente sus sensaciones de creyente cuando, arrodillado bajo un vitral, sucumbÃa a la embriaguez de los órganos y los incensarios. La mujer le poseÃa con el despotismo celoso de un Dios colérico, aterrándole, dándole segundos de goce agudo, como espasmos por las horas de espantosos tormentos, de visiones del infierno y de eternos suplicios. Eran los mismos balbuceos, las mismas plegarias y las mismas desesperaciones, sobre todo las mismas humildades de una criatura maldita, aplastada por el fango de su origen. Sus deseos de hombre, sus necesidades de un alma, se confundÃan, parecÃan subir del fondo oscuro de su ser, al igual que una única expansión del tronco de la vida. Y se abandonaba a la fuerza del amor y de la fe, cuya doble palanca conmueve al mundo. Y siempre, a pesar de las luchas de su razón, aquella alcoba de Nana lo herÃa alocadamente y desaparecÃa temblando en la omnipotencia del sexo, como si se desvaneciese ante lo desconocido del vasto cielo.