Nana

Nana

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Entonces, cuando lo sentía tan humilde, Nana conseguía el triunfo despótico. Ella aportaba instintivamente el frenesí de envilecer. No le bastaba con destruir las cosas; las ensuciaba. Sus manos, tan delicadas, dejaban huellas abominables, descomponían todo lo que habían roto. Y él, imbécil, se prestaba al juego con el vago recuerdo de los santos devorados por los piojos y que se comían sus excrementos. Cuando ella lo tenía en su alcoba, cerradas las puertas, se recreaba con la infamia del hombre. Al principio, habían bromeado; ella le pegaba pequeños golpes, le imponía caprichos extraños, le hacía cecear como a un niño, repitiendo finales de frases.

—Di como yo: «Y chitón, que viene el cuco».

Él se mostraba dócil hasta reproducir su acento.

—«Chitón, que viene el cuco».

O bien ella hacía el oso, a cuatro patas sobre sus pieles, en camisa, revolviéndose con gruñidos, como si quisiera devorarle; e incluso le mordía las pantorrillas, para reírse. Luego, levantándose, le ordenaba:

—Hazlo tú un poco… A que no haces el oso como yo.

Aquello aún era encantador. Ella le divertía como oso, con su piel blanca y su cabellera rojiza. Él se reía y también se ponía a cuatro patas, gruñía, le mordía las pantorrillas, mientras ella se escapaba poniendo cara de espanto.


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