Nana
Nana —¡QuĂ© necios somos!, Âżeh? —acababa diciendo ella—. No tienes idea de lo feo que estás, gatito mĂo. Por Dios, si te viesen en las TullerĂas…
Pero estos jueguecitos en seguida se estropearon. No fue crueldad por parte de ella, pues continuaba siendo buena muchacha; aquello fue como un viento demencial que pasĂł y creciĂł poco a poco en la habitaciĂłn cerrada. Una extraña lujuria los descomponĂa, los impelĂa a las fantasĂas delirantes de la carne. Los antiguos espantos devotos de sus noches de insomnio volvieron ahora con una sed de bestialidad, un furor de ponerse a cuatro patas, de gruñir y morder. Un dĂa, cuando Ă©l hacĂa el oso, ella lo empujĂł tan rudamente que cayĂł contra un mueble, y ella se echĂł a reĂr involuntariamente al verle un chichĂłn en la frente. Desde entonces, cogido el gusto por aquellos ensayos con HĂ©ctor de la Faloise, ella lo trataba de animal, le pegaba y le perseguĂa a patadas.
—¡Vamos ya! ¡Vamos! Tú eres el caballo… ¡Arre, ya! ¡Sucio burro! ¿Quieres caminar?
Otras veces Ă©l hacĂa de perro. Ella le arrojaba su pañuelo perfumado al otro extremo de la habitaciĂłn y Ă©l debĂa correr a recogerlo con los dientes, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
—Tráemelo, «César». Espera, que voy a pegarte si te portas mal… ¡Muy bien, «César»! Obedece, sé amable, sé bonito.