Nana
Nana A Nana le asaltó un capricho, y le exigió que llegase una noche vestido con su traje de gala, de chambelán. Entonces sí que hubo risas y burlas cuando ella lo tuvo delante en todo su aparato, con la espada, el sombrero, los calzones blancos, el frac de paño rojo bordado en oro, llevando la llave simbólica colgada sobre su faldón izquierdo. Esta llave sobre todo era lo que más la divertía y la lanzaba a una fantasía alocada de explicaciones groseras. Riendo siempre, arrebatada por su irreverencia a las grandezas, por el gozo de envilecerle bajo la pompa oficial de aquel traje, le sacudía, le pellizcaba y le gritaba: «¡Eh, camina ya, chambelán!» y le acompañaba pateándole el trasero y esas patadas se las pegaba muy satisfecha a las Tullerías, a la majestuosidad de la corte imperial, gruñendo contra el miedo y la sumisión de todos. Esto era lo que pensaba de la sociedad. Era su revancha, un rencor inconsciente de familia, heredado con la sangre. Después, desvestido el chambelán y el traje por el suelo, le gritaba que saltase, y él saltaba; le ordenaba escupir, y él escupía; le gritó que caminase sobre el oro, sobre las condecoraciones y las águilas, y él caminó. Puf, paf, puf… Ya no había nada, todo se esfumaba. Ella destrozaba un chambelán de igual manera que rompía un frasco o una bombonera, y lo convertía en basura, en un montón de fango en el rincón de una callejuela.