Nana
Nana Mientras tanto, los plateros habían faltado a su palabra, y el lecho no fue entregado hasta mediados de enero. Precisamente Muffat estaba en Normandía, adonde había ido a vender una última ruina; Nana exigía cuatro mil francos inmediatamente. Él no debía volver hasta el día siguiente, pero habiendo terminado su negocio apresuró el regreso, y, sin siquiera pasar por la calle Miromesnil, se dirigió a la avenida de Villiers. Eran las diez. Como tenía una llave de una puertecita que se abría a la calle Cardinet, subió libremente. Arriba, en el salón, Zoé, que limpiaba los bronces, se quedó sobrecogida, y no sabiendo cómo detenerle, empezó a contarle que el señor Venot, muy trastornado, no hacía más que buscarle desde la víspera, que había estado allí dos veces, rogándole que enviase al señor a su casa si acaso aparecía antes en casa de la señora.
Muffat la escuchaba sin comprender nada de aquella larga historia, dándose cuenta de su turbación y, preso de unos rabiosos celos, de los que no se creía capaz, se arrojó contra la puerta de la habitación, en la que oía risas. La puerta cedió, los dos batientes se abrieron, mientras Zoé se retiraba con un encogimiento de hombros. Lo que Dios quisiera. Ya que la señora se volvía loca, que se arreglase sola. Y Muffat, en el umbral, lanzó un grito ante lo que veía.
—¡Dios mío…! ¡Dios mío!