Nana

Nana

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La nueva alcoba resplandecía con su lujo regio. Los cadarzos de plata sembraban de estrellas vivas el terciopelo rosa de té de las colgaduras, ese rosa de carne que el cielo toma en los hermosos anocheceres, cuando Venus se enciende en el horizonte, sobre el fondo claro del día que muere, y los cordones de oro que caían de los ángulos y los encajes de oro que enmarcaban los paños, eran como llamas tenues, cabelleras rojizas destrenzadas, cubriendo a medias la gran desnudez de la estancia, cuya voluptuosa solidez resaltaba. Luego, enfrente, estaba la cama de oro y de plata, que resplandecía con el brillo nuevo de sus cincelados; un amplio trono para que Nana pudiese extender la realeza de sus miembros desnudos, un ara de una riqueza bizantina, digna de la omnipotencia de su sexo, y donde ella, en aquel momento, se exhibía descubierta en un religioso pudor de ídolo temido. Y junto a ella, bajo el reflejo de nieve en su garganta, en medio de su triunfo de diosa, se revolcaba una vergüenza, una decrepitud, una ruina cómica y lamentable: el marqués de Chouard en camisa. El conde había juntado las manos. Sacudido por un gran estremecimiento, repetía:

—¡Dios mío…! ¡Dios mío!




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