Nana
Nana Para el marqués de Chouard florecÃan las rosas de oro del barco, los montones de rosas de oro abiertas en los follajes de oro; para él se inclinaban los amorcillos, el grupo echado sobre el enrejado de plata, con risas de picardÃa amorosa, y a sus pies, el Fauno descubrÃa para él el sueño de la ninfa ahÃta de voluptuosidad, aquella figura de la Noche copiada sobre el célebre desnudo de Nana, hasta con los recios muslos que la hacÃan reconocible por todos.
Echado allà como un guiñapo humano, corrompido y disuelto por sesenta años de libertinaje, el marqués de Chouard era como un rincón de osario en la gloria de las carnes esplendorosas de la mujer. Cuando vio abrirse la puerta, se levantó, dominado por el espanto de un viejo chocho; aquella última noche de amor aumentaba su imbecilidad, para volver a la infancia, y no encontraba palabras; medio paralizado, tartamudeando, helado, permanecÃa en una actitud de huida, la camisa remangada sobre su cuerpo esquelético, una pierna fuera de las sábanas, una pobre pierna lÃvida, llena de pelos grises. A pesar de su contrariedad, Nana no pudo evitar reÃrse.
—Acuéstate ya, métete en la cama —dijo ella derribándole y enterrándole bajo las sábanas, como a una basura que no puede exhibirse.