Nana
Nana Y saltó para cerrar la puerta. Decididamente, no tenía suerte con su cochinito. Siempre aparecía en los momentos más inoportunos. ¿Por qué se había ido a buscar dinero en Normandía?
El viejo le había traído los cuatro mil francos y ella le dejaba hacer. Empujó los batientes de la puerta y gritó.
—Pues peor. Es culpa tuya. ¿Crees que se entra así? Anda, buen viaje.
Muffat seguía clavado ante la puerta cerrada, paralizado por lo que acababa de ver. Su escalofrío aumentaba, un temblor que le subía desde las piernas hasta el pecho y la cabeza. Luego, como un árbol sacudido por un vendaval, vaciló y se abatió sobre las rodillas con el crujido de todos sus miembros. Con las manos tendidas desesperadamente, balbuceó:
—¡Es demasiado, Dios mío! ¡Es demasiado!
Lo había aceptado todo, pero ya no podía más, se sentía en el límite de sus fuerzas, en esa negrura en que el hombre pierde la razón. En un arrebato extraordinario, las manos siempre más altas, buscando el cielo, llamaba a Dios.
—¡Oh! No, no lo quiero… Ven a mí, Dios mío; socórreme, haz que muera en seguida… No, ese hombre no, ¡Dios mío! Se acabó, llévame, que no vea más, que no sienta más… Te pertenezco, Dios mío. Padre nuestro que estás en los cielos…