Nana
Nana Y continuaba, abrasado de fe, mientras una oración ferviente se escapaba de sus labios. Pero alguien le tocó en el hombro. Era el señor Venot, sorprendido de encontrarle rezando delante de aquella puerta cerrada. Entonces, como si el mismo Dios hubiese respondido a su llamada, el conde se arrojó al cuello del vejete. Al fin podía llorar, sollozaba y repetía:
—Hermano mío… hermano mío…
Toda su humanidad doliente se aliviaba en este grito. Muffat bañaba con sus lágrimas el rostro del señor Venot, y le besaba con palabras entrecortadas.
—Hermano mío, cuánto sufro… Sólo me quedas tú, hermano mío… Llévame para siempre; por favor, llévame de aquí.
Entonces el señor Venot estrechó al conde contra su pecho. También le llamaba hermano. Pero tenía un nuevo golpe que asestarle; desde la víspera lo buscaba para comunicarle que la condesa Sabine, en un arranque de suprema locura, acababa de fugarse con uno de los jefes de sección de un gran almacén de novedades; un escándalo horrible, del que hablaba todo París. Al verle bajo la influencia de tal exaltación religiosa, consideró el momento favorable para relatarle en seguida toda la aventura, ese final llanamente trágico en el que zozobraba su casa.