Nana
Nana El conde no se conmovió; su mujer se había marchado, y eso no le decía nada; ya se vería más tarde. Y agarrotado nuevamente por la angustia, mirando la puerta, las paredes y el techo con gesto de terror, sólo repetía esta súplica:
—Lléveme de aquí… Ya no puedo más; lléveme.
El señor Venot le sacó de allí como a un niño. Desde entonces el conde le perteneció por completo. Muffat volvía a sus estrictos deberes religiosos. Su existencia estaba aniquilada. Había presentado su dimisión como chambelán, ante los pudores revueltos de las Tullerías.
Su misma hija, Estelle, entablaba un proceso contra él por una suma de sesenta mil francos, la herencia de una tía que debió recibir al casarse. Arruinado, viviendo estrechamente con los restos de su gran fortuna, se dejaba rematar paulatinamente por la condesa, que se comía los restos desdeñados por Nana.
Sabine, corrompida por la promiscuidad de aquella ramera, lanzada a todo, presenciaría el derrumbe final, el enmohecimiento del mismo hogar. Después de varias aventuras había regresado y el conde la recibió con la resignación del perdón cristiano.