Nana
Nana Ella lo acompañaba con una vergüenza viviente, pero él, cada vez más indiferente, llegaba a no sufrir por estas cosas. El cielo le arrebataba de las manos de la mujer para llevarle a los mismos brazos de Dios. Era una prolongación religiosa de las voluptuosidades de Nana, con los balbuceos, las plegarias y las desesperaciones, las humildades de una criatura maldita aplastada bajo el fango de su origen.
En el fondo de las iglesias, heladas las rodillas al contacto de las baldosas, volvía a encontrar sus gozos de otros tiempos, los espasmos de sus músculos y los estremecimientos deliciosos de su inteligencia, en una misma satisfacción de oscuras necesidades de su ser.
La noche de la ruptura, Mignon se presentó en la avenida de Villiers.