Nana

Nana

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Se acostumbraba a Fauchery, acababa de encontrar infinitas ventajas en la presencia de un marido en casa de su esposa, dejándole al cargo de los pequeños cuidados del hogar, descansando él para una mejor vigilancia y empleando en los gastos cotidianos de la casa el dinero de sus éxitos dramáticos; y como por otra parte Fauchery se mostraba razonable, sin celos ridículos, tan complaciente como el mismo Mignon sobre las ocasiones aprovechadas por Rose, los dos hombres se entendían cada vez más, contentos con su asociación fértil en felicidades de toda especie, haciendo cada cual su agujero, uno al lado del otro, en un hogar en el que no se andaban con cumplidos. Aquello estaba regulado y marchaba muy bien, y ambos rivalizaban en pro de la felicidad común.

Precisamente Mignon iba a casa de Nana por recomendación de Fauchery, para ver si podía llevarse a su doncella, cuya gran inteligencia había apreciado el periodista; Rose estaba desolada, pues desde hacía un mes no encontraba más que criadas inexpertas, que la ponían en continuos apuros.





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