Nana
Nana Como Zoé fue quien lo recibió, la empujó en seguida al comedor. A las primeras palabras la doncella sonrió. Imposible; ella abandonaba a la señora para establecerse por su cuenta, y añadía con un aire de discreta vanidad que todos los días recibía proposiciones, las señoras se la disputaban, la señora Blanche le ponía un puente de oro para que volviera a su servicio. Zoé se quedaba con el establecimiento de la Tricon; un viejo proyecto largo tiempo meditado, una ambición de fortuna en la que iba a invertir todos sus ahorros; estaba llena de ideas elevadas, soñaba con ampliar la casa, alquilar un hotel y reunir todos los atractivos; con este mismo propósito había tratado de contratar a Satin, una pequeña estúpida que se moría en el hospital de tanto como se destruía.
Mignon insistió hablándole de los riesgos que se corren con el comercio, y Zoé, sin explicarle la clase de su establecimiento, se contentó con decirle con una sonrisa, como si hubiese cogido una confitería:
—Las cosas de lujo siempre marchan… Fíjese usted, hace mucho tiempo que estoy en casa de las demás; ahora quiero que las otras estén en mi casa.
Y una ferocidad grabó sus labios; al fin ella sería «señora», tendría a sus pies, por algunos luises, a aquellas mujeres para las que limpiaba palanganas desde hacía quince años.