Nana

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Mignon quiso que le anunciase, y Zoé le dejó un instante, después de decirle que la señora había pasado un día muy malo.

Sólo había estado allí una vez y no conocía el hotel. El comedor le asombró, con sus Gobelinos, con su aparador y su vajilla de plata. Abrió familiarmente las puertas, visitó el salón, el invernadero y volvió al vestíbulo, y este lujo aplastante, los muebles dorados, las sedas y los terciopelos le llenaban gradualmente de una admiración que aceleraba sus latidos.

Cuando Zoé regresó a buscarlo, le ofreció enseñarle las demás habitaciones, el tocador, el dormitorio. Entonces, en la alcoba, el corazón de Mignon estalló; estaba conmovido, con un enternecimiento de entusiasmo. Aquella condenada Nana le dejaba estupefacto, a pesar de lo que la conocía.

En medio de aquel desastre de casa, del chorreo, del galope destructor de los criados, había allí tal amontonamiento de riquezas que incluso taponaban los agujeros y desbordaban por encima de las ruinas. Y Mignon, frente a aquel magistral monumento, se acordaba de las grandes obras.


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