Nana
Nana Cerca de Marsella le habÃan enseñado un acueducto cuyas arcadas de piedra salvaban un abismo, una obra ciclópea que costó millones y diez años de esfuerzos. En Cherburgo habÃa visto el nuevo puerto, unas obras inmensas donde cientos de hombres sudaban al sol y las máquinas volcaban en el mar grandes piedras, levantando una muralla en la que a veces se quedaban los obreros como una papilla sangrante.
Pero todo esto le parecÃa pequeño; Nana le exaltaba más, y volvÃa a encontrar ante su obra aquella sensación de respeto sentida por él una noche de fiesta en el castillo que un almacenista se habÃa hecho construir, un palacio cuya única materia, el azúcar, habÃa pagado el esplendor regio.
Ella lo habÃa hecho con otra cosa, con una pequeña necedad que daba risa; un poco de su desnudez delicada, con esa nada vergonzosa y tan poderosa, cuya fuerza levantaba el mundo; ella sola, sin obreros, sin máquinas inventadas por los ingenieros, acababa de conmover ParÃs y de construir aquella fortuna en que dormÃan cadáveres.
—¡Dios mÃo, qué instrumento! —dejó escapar Mignon en su éxtasis, con un reconocimiento de gratitud personal.