Nana
Nana Permanecía sola, de pie, en medio de las riquezas amontonadas de su hotel, con un pueblo de hombres abatidos a sus pies. Como esos monstruos antiguos, cuyo reducido dominio está cubierto de osamentas, ella ponía los pies sobre los cráneos, y la rodeaban catástrofes: la llamarada furiosa de Vandeuvres, la melancolía de Foucarmont, perdido en los mares de China; el desastre de Steiner, reducido a vivir como un hombre deshonrado; la imbecilidad satisfecha de Héctor de la Faloise, y el trágico hundimiento de los Muffat con el blanco cadáver de Georges, velado por Philippe, salido el día anterior de la cárcel. Su obra de ruina y de muerte estaba consumada; la mosca escapada de la basura de los arrabales, llevando el germen de las podredumbres sociales, había envenenado a aquellos hombres nada más posarse sobre ellos. Aquello estaba bien, era justo, había vengado a su gente, a los pordioseros y a los desheredados. Y mientras en su gloria su sexo ascendía y resplandecía sobre sus víctimas caídas, al igual que un sol que se alzase iluminando un campo de matanza, ella conservaba su inconsciencia de animal soberbio, ignorante de su obra, siempre buena muchacha. Ella seguía con sus carnes, rolliza, con buena salud y una bella alegría.