Nana
Nana —Voy al hospital… Nadie me quiere como ella. Con razón se acusa a los hombres de falta de corazón… ¿Quién sabe? Tal vez no la encuentre más. No importa; pediré permiso para verla. Quiero abrazarla.
Labordette y Mignon esbozaron una sonrisa. Nana ya no estaba triste; sonrió igualmente, porque ellos no contaban. Y ambos la admiraron en un silencioso recogimiento mientras ella acababa de abotonarse los guantes.