Nana
Nana —Santo Dios, esto no es justo. La sociedad está mal hecha. Se acusa a las mujeres, cuando los hombres son quienes exigen las cosas… Mira, y ahora puedo decírtelo: cuando estaba con ellos, ¿comprendes? no me hacían gracia, ni placer me daban. Eso me fastidiaba, palabra de honor… Entonces, yo pregunto si tengo algo que ver con todo eso. Y me han aplastado. Sin ellos, querido, sin lo que ellos han hecho de mí, estaría en un convento rezando a Dios, porque siempre he sido religiosa… ¡Y basta! Después de todo, si han dejado su dinero y su piel, es culpa suya. Yo no tengo nada que ver.
—Sin duda —dijo Labordette convencido.
Zoé introdujo a Mignon, y Nana lo recibió sonriendo; había llorado mucho, pero ya se acabó. Mignon la felicitó por su instalación, aún enardecido por el entusiasmo, pero ella dejó traslucir que estaba harta de su hotel y que ahora soñaba con otra cosa, que lo subastaría todo «uno de estos días».
Mignon buscó un pretexto para su visita y habló de una representación a beneficio del viejo Bosc, clavado a una silla por una parálisis; ella se apiadó y se quedó dos butacas. Entonces dijo Zoé que el coche esperaba a la señora, y Nana pidió su sombrero; mientras se anudaba los lazos contó la aventura de la pobre Satin, añadiendo: