Nana
Nana —A ver tú estabas aquÃ, di la verdad… ¿Era yo quien lo empujaba? ¿No eran siempre una docena a pelearse para inventar la más gorda porquerÃa? Me daban asco. Yo me agarraba para no seguirlos, tenÃa miedo. Mira, sólo un ejemplo: todos querÃan casarse conmigo. ¿Eh? Vaya una porquerÃa. SÃ, querido; hubiera podido ser veinte veces condesa o baronesa si hubiese consentido. Pues siempre me negué, porque yo soy razonable… Les he evitado bajezas y crÃmenes… Hubieran robado, asesinado, matado a sus padres. No tenÃa más que decir una palabra, y no la dije… Ya ves ahora la recompensa… Es como ese Daguenet, a quien he casado; un muerto de hambre al que he dado posición después de haberlo tenido gratis durante semanas. Ayer le volvà a encontrar y volvió la cabeza. ¡Vaya un cerdo! Soy menos sucia que él.
HabÃa vuelto a andar, y ahora dio un fuerte puñetazo sobre un velador.