Nana
Nana Tuvo que interrumpirse, sofocada por las lágrimas, deshecha de dolor encima del diván, la cabeza hundida en un almohadón. Las desgracias que sentía alrededor suyo, las miserias que había cometido, la ahogaban con una ola tibia y continua de ternura, y su voz se perdía en una sorda queja de chiquilla.
—Me encuentro mal, me siento mal… No puedo más; esto me ahoga… Es demasiado duro no ser comprendida, ver cómo los demás se ponen contra una porque son los más fuertes… Sin embargo, cuando no hay nada que reprocharse, cuando se tiene la conciencia limpia… Pues no, no. ¡No!
Una rebelión surgía con su cólera. Se levantó, se enjugó las lágrimas y empezó a caminar con agitación.
—¡Pues no! Ellos dirán lo que quieran, pero no es culpa mía. ¿Acaso soy mala? Doy todo lo que tengo, no aplastaría ni una mosca… Son ellos; sí, son ellos… Jamás he querido serles desagradable. Y se han colgado de mis faldas, y ahí están, reventando, mendigando y lanzados todos a la desesperación…
Luego, deteniéndose delante de Labordette, le dio unas palmaditas en los hombros.