Nana
Nana Y su mirada, en un movimiento involuntario, buscaba en la alfombra la mancha rosa, pero al fin la mancha se había borrado con tantas pisadas. Entretanto, Labordette daba detalles: no se sabía nada cierto; unos hablaban de una herida abierta nuevamente y otros contaban que se suicidó, al arrojarse a un estanque de las Fondettes.
—Muerto, muerto… —repetía Nana.
Luego, con la garganta oprimida por un nudo desde la mañana, estalló en sollozos, y se alivió. Era una tristeza infinita, algo profundo e inmenso que la abrumaba. Labordette quiso consolarla respecto a Georges, pero ella le mandó callarse con la mano y tartamudeó:
—No es él sólo, sino todo, todo… Soy muy desdichada. Y aún dirán que soy una desvergonzada… Esa madre que se muere de pena allá abajo, y ese pobre hombre que gemía esta mañana ante mi puerta, y los otros arruinados en estos momentos, después de haberse comido su dinero conmigo… Eso es. Todo sobre Nana, todo sobre la bestia. Tengo buenas espaldas, y los oigo como si estuviera con ellos: esa condenada ramera que se acuesta con todo el mundo, que limpia a unos, que hace reventar a otros, que causa la desgracia de tantas personas…