Nana

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Refleja un mundo palpitante y vivo, el mundo hormigueante de la ciudad con sus olores y colores, sus oropeles y fastos y miserias, y procura hacerlo sin miramientos, sin misericordias, anhelos ni nostalgias. A la pretensión de fidelidad notarial y forense del realismo, sucede la búsqueda de una objetividad científica con la que se pretende una precisión semejante a la de las ciencias naturales. La evolución, la herencia, los condicionamientos materiales han de explicar la realidad del mundo. Hay que estudiar el mundo tal cual es, fríamente. Pero esa frialdad y ese distanciamiento son esfuerzos y táctica: tras la mascarilla de la objetividad del narrador, del novelista convertido en sociólogo y científico, late un ardor romántico liberador. La frialdad es sólo el mejor método de hacer el diagnóstico: hay que estudiar el mundo fríamente para poder cambiarlo. Es preciso «profundizar sin temor en las causas y hallar un remedio a cada dolor». Zola, a quien se califica de «destructor del alma francesa», de quien Anatole France dirá que «jamás nadie ha hecho esfuerzos semejantes para envilecer a la humanidad», es en realidad, un paladín ascético de la buena causa, entregado en cuerpo y alma a una misión. «He cerrado la puerta del mundo detrás de mí y he tirado la llave por la ventana. No hay absolutamente nada más en mi agujero que mi trabajo y yo, y no quedará nada más, nada más».


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