Thérèse Raquin
Thérèse Raquin Laurent cerró cuidadosamente la puerta tras de sí y se quedó un momento apoyado contra ella, contemplando la habitación con expresión inquieta y embarazada.
Ardía un brillante fuego en la chimenea; y sus pródigos resplandores amarillos bailaban en el techo y en las paredes. Alumbraba, pues, el cuarto una luz vivaz y temblorosa; y ese fulgor hacía palidecer la lámpara, que estaba encima de una mesa. La señora Raquin había puesto gran empeño en disponer con coquetería el dormitorio, que estaba muy blanco y perfumado, como para servir de nido a unos amores jóvenes y lozanos; había tenido el gusto de poner en la cama algunos retales de encaje y de colocar grandes ramos de rosas en los jarrones de la chimenea. Rondaban por la habitación un grato calor y tibios aromas. El ambiente era recogido y sosegado, preso en algo parecido a un entumecimiento voluptuoso. En el estremecido silencio sonaban, con leves ruidos secos, los chisporroteos del hogar. Hubiérase dicho un rincón ignoto, cálido y perfumado, cerrado a todos los gritos del exterior, uno de esos rincones preparados y pensados para las sensualidades y los imprescindibles misterios de la pasión.
