Don Juan Tenorio
Don Juan Tenorio y teñírseme el semblante
de amarilla palidez.
¡Ay de mí…! Pero mi dueña,
¿dónde estará…? Esa mujer,
con sus pláticas, al cabo,
me entretiene alguna vez.
Y hoy la echo menos… Acaso
porque la voy a perder,
que en profesando, es preciso
renunciar a cuanto amé.
Mas pasos siento en el claustro;
¡oh! reconozco muy bien
sus pisadas… Ya está aquí.
DOÑA INÉS y BRÍGIDA.
BRÍGIDA.—Buenas noches, doña Inés.
DOÑA INÉS.—¿Cómo habéis tardado tanto?
BRÍGIDA.—Voy a cerrar esta puerta.
DOÑA INÉS.—Hay orden de que esté abierta.
BRÍGIDA.—Eso es muy bueno y muy santo
para las otras novicias
que han de consagrarse a Dios:
no, doña Inés, para vos.
DOÑA INÉS.—Brígida, no ves que vicias
las reglas del monasterio,
que no permiten…
BRÍGIDA.—¡Bah! ¡bah!
Más seguro así se está,
