Amok

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Ahora ya sabía lo suficiente. Y arriba, en su salón, donde un oficial con galones de la guardia real la esperaba con una carta en la mano, ella mostró un aire desenvuelto y casi arrogante, como si se encontrara de visita de cortesía en casa de unos amigos. Aunque advirtió el sello real en la carta y el porte un poco desconcertado del oficial, consciente de su penosa misión, no reveló ni curiosidad ni inquietud. Sin abrir la carta, sin examinarla de cerca siquiera, charló con el joven y aristócrata soldado y, al reconocer que era bretón por su acento, le habló de una dama que no podía ver a los bretones ni en pintura, porque en una ocasión uno de ellos se había convertido en su amante en contra de su voluntad. Era frívola y arrogante, en parte por cálculo, para hacer patente su despreocupación, en parte por costumbre, pues su olvidadiza e irreflexiva ligereza solía tornar natural cualquiera de sus artificios, e incluso les confería una apariencia de sinceridad. Habló tanto rato que llegó realmente a olvidarse de la carta del rey que estrujaba en la mano. Pero finalmente rompió el sello.






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