Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Esta posición de Erasmo, esta indecisión, o mejor dicho esta voluntad de no decidir, fue, con gran simplicidad, calificada por sus contemporáneos y sucesores como cobardía, y se mofaron de sus vacilaciones conscientes como si fueran flojera e inconstancia. En efecto, Erasmo no se confesó con abierto pecho al mundo, como un Wínkelried; el heroísmo sin temor no era propio suyo. Con toda prudencia se plegó para apartarse; galantemente osciló como una caña, a derecha e izquierda, pero sólo para no dejarse romper por el viento y volver siempre otra vez a levantarse. No llevó orgullosamente, como una bandera, delante de sí, su declaración de independencia, su nulli concedo, sino escondido bajo el manto como linterna de ladrón; temporalmente se agazapó y ocultó en escondrijos y utilizó efugios y pretextos durante las más bárbaras colisiones del delirio colectivo; pero —y esto es lo más importante— mantuvo a salvo e intacta de los espantosos huracanes de odio de su tiempo su joya espiritual, su fe en la humanidad, y en este breve pabilo ardiente pudieron encender sus luces Spinoza, Lessing y Voltaire, como podrán hacerlo, más tarde, todos los futuros europeos. Como único de su generación espiritual, Erasmo permaneció más fiel a toda la humanidad que a un clan determinado. Fuera del campo de batalla, no perteneciendo a ningún ejército y hostilizado por ambos, Erasmo murió solo y solitario. Solitario, es verdad; pero —y esto es lo decisivo— independiente y libre.