Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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En tales espantosos momentos de locura colectiva y división universal carece de toda defensa la voluntad individual. En vano es que el hombre espiritual quiera salvarse en la apartada esfera de la meditación; los tiempos le fuerzan a penetrar en el tumulto, hacia la derecha o hacia la izquierda, a inscribirse en un bando o en otro, a adoptar un lema u otro de los partidos en lucha; nadie, entre los cientos de miles y millones de combatientes, necesita en tales momentos de mayor valor, de más fuerza, de más decisión moral que el hombre que ha adoptado una posición central, que no quiere someterse a ningún delirio partidista, a ninguna unilateralidad de pensamiento. Y aquí comienza la tragedia de Erasmo. Como el primer reformador alemán (y realmente el único, pues los otros más bien fueron revolucionarios que reformadores), había tratado de renovar la Iglesia católica según las leyes de la razón; pero el Destino puso frente a él, hombre de espíritu de muy dilatada amplitud de horizontes, evolucionista, un hombre de acción, Lutero, un revolucionario, agitado demoníacamente por las broncas fuerzas del pueblo alemán. De un solo golpe el férreo puño aldeano del doctor Martín destroza lo que la fina mano de Erasmo, sólo armada de la pluma, se había esforzado por enlazar, tímida y delicadamente. Durante siglos quedará partido el orbe cristiano y europeo en católicos contra protestantes, gentes del norte contra gentes del sur, germanos contra romanos: en este momento sólo hay una elección, una decisión posible para los alemanes, para los hombres de Occidente: o papistas o luteranos, o el poder de las llaves de San Pedro o el Evangelio. Pero Erasmo —y ésta es su acción más memorable— es el único entre los guiadores de aquella época que se niega a adscribirse a un partido. No se pone del lado de la Iglesia, no se pone del de la Reforma, por estar ligado con ambos bandos: con la doctrina evangélica, ya que por convicción era el primero que la había exigido y fomentado; con la Iglesia católica, por defender en ella la última forma de unidad espiritual de un mundo que se viene abajo. Pero a la derecha hay exageración y a la izquierda hay exageración, a la derecha fanatismo y a la izquierda fanatismo, y él, el hombre inmutablemente antifanático, no quiere servir a una exageración ni a la otra, sino sólo a su norma eterna, la justicia. En vano se coloca como mediador en el centro, y con ello en el puesto de mayor peligro, para salvar, en esta discordia, lo general humano, los bienes de la cultura colectiva; intenta, con sus desnudas manos, mezclar fuego y agua, reconciliar unos fanáticos con otros: cosa imposible, y, por ello, doblemente excelsa. Al principio en ninguno de los dos campos se comprende su conducta, y, como habla con suavidad, cada cual confía en poderlo atraer para su propia causa. Pero apenas comprenden ambos que este espíritu libre no quiere prestar acatamiento a ninguna ajena opinión ni proteger ni ayudar a ningún dogma, el odio y el escarnio caen sobre él desde la derecha y desde la izquierda. Como Erasmo no quiere ser de ningún partido, rompe con los dos; «para los güelfos soy un gibelino, y para los gibelinos un güelfo». Lutero, el protestante, maldice gravemente su nombre; la Iglesia católica, por su parte, pone en el índice todos sus libros. Pero ni amenazas ni injurias pueden inclinar a Erasmo hacia un partido o hacia otro; nulli concedo, «no quiero pertenecer a ninguno»; este lema suyo lo mantiene hasta el final; es homo pro se, hombre aparte, hasta sus últimas consecuencias. Frente a los políticos, frente a los conductores y seductores populares que impulsan hacia una pasión unilateral, el artista, el hombre de espíritu en el sentido de Erasmo tiene la misión de ser el mediador comprensivo, hombre de mesura y de centro. No tiene que estar en ningún frente de batalla, sino única y exclusivamente en la que se libra contra el enemigo común de todo libre pensamiento: contra el fanatismo; no apartado de los partidos, pues participar en el sentimiento de todo lo humano es vocación del artista, sino por encima de ellos, au-dessus de la melée, combatiendo las exageraciones de uno y otro lado, y, en todos, el odio sin sentido y siniestro.


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