Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Desde este día, cuando su idea «erasmista» tuvo su última y decisiva derrota, este hombre viejo, en su biblioteca de Freiburg, no es ya nada más que un ser inútil, una sombra pálida de su antigua gloria. Y él mismo siente mejor que nadie que a un hombre de silenciosa condescendencia le falta lugar «en esta edad ruidosa, o mejor dicho, furiosa». ¿Para qué arrastrar aún más largo tiempo este cuerpo frágil y reumático por este mundo ajeno ya a todo espíritu de paz? Erasmo está cansado de la vida, a la que tanto amó en otro tiempo; conmovedoramente, brota de sus labios la súplica de «que Dios me llame por fin a sí fuera de este mundo lleno de furor». Pues ¿dónde queda todavía lugar para lo espiritual, si el fanatismo trata a latigazos a los corazones? El alto imperio humanístico, por él edificado, está asaltado por los enemigos y ya medio conquistado; pasados están los tiempos de la eruditio et eloquentia; los seres humanos no prestan ya atención a la palabra, fina y bien ponderada, de la poesía, sino sólo a la grosera y ardorosa de la política. El pensamiento ha decaído hasta el delirio colectivo; se ha puesto el uniforme de luterano o de papista; los sabios no luchan ya con elegantes cartas y folletos, sino que se arrojan unos a otros, a modo de las mujeres del mercado, groseras y ordinarias palabras injuriosas; nadie aspira a comprender al otro, sino que cada cual quiere imprimir poderosamente su doctrina en el prójimo, como una marca de fuego. Y ¡desgraciados de aquellos que pretendan permanecer apartados y se agarren a sus propias convicciones! Contra los que quieren estar entre los partidos y por encima de ellos, se dirige un odio doblado. ¡Qué solitario llega a estar en tales tiempos el que sólo depende de lo espiritual! ¡Ay! ¿Para quién se ha de escribir todavía, si en medio de los ladridos y chillería política los oídos se han hecho sordos para los finos tonos intermedios, para la ironía delicada y penetrante? ¿Con quién disputar teológicamente sobre ciencia de Dios, desde que ha caído en manos de doctrinarios y fanáticos, los cuales, como último y mejor argumento de la razón que tienen, acuden a la soldadesca, a las tropas de caballería y a los cañones? Ha comenzado una batida contra los que no piensan como la generalidad y los que piensan libremente; la dictadura del pensar unilateral. Créese servir al cristianismo con mazas de armas y espadas de verdugo, y precisamente, de los más espirituales, de los más osados entre los pensadores religiosos, se apodera la más ruda violencia. Ha llegado el tumulto que Erasmo había predicho: de todos los países arrojan mensajes de espanto sobre su desesperado y fatigado corazón. En París han quemado a fuego lento a su traductor y discípulo Berquin; en Inglaterra, sus queridos John Fisher y Thomas Morus, sus más nobles amigos, han sido arrastrados bajo el hacha del verdugo (¡dichoso quien tiene fuerzas para ser mártir de su fe!), y Erasmo balbucea al recibir el mensaje: «Es para mí como si yo mismo hubiera muerto con ellos». Zuinglio, con el cual frecuentemente ha cambiado cartas y palabras amables, ha sido muerto a mazazos en el campo de batalla de Kappel; Tomás Münzer, martirizado hasta la muerte con tales torturas como los paganos y los chinos no habrían sabido imaginar más horrorosas. A los anabaptistas se les arranca la lengua, a los predicadores los despedazan con tenazas al rojo y los tuestan amarrados al poste de los herejes; saquean las iglesias, queman los libros, queman las ciudades. Roma, la maravilla del mundo, ha sido asolada por los lansquenetes… ¡Oh Dios, qué bestiales instintos se desencadenan rugientes en tu nombre! No, el mundo no tiene ya espacio para la libertad de pensamiento, para la comprensión y la tolerancia, estas ideas originarias de la doctrina humanista. Las artes no pueden prosperar en un terreno tan ensangrentado; se ha terminado para decenios, para siglos, acaso para siempre, el tiempo de una comunidad supernacional, y también el latín, está última lengua de la Europa unida, la lengua de su corazón, perece: ¡pues perece tú también, Erasmo!