Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Pero ved: aún otra vez, como una golondrina retrasada que golpea en una ventana ya invernal y cubierta de hielo, una palabra de respeto y de saludo llama a su puerta. «Todo lo que soy y lo que valgo lo he recibido únicamente de ti, y, si yo no quisiera reconocer esto, sería el hombre más desagradecido de todos los tiempos. Salve itaque etiam atque etiam, pater amantissime, pater decusque patriæ, literarum assertor, veritatis propugnator invictissime. (Te saludo y otra vez te saludo, padre amado y honor de la patria, espíritu protector de las artes, invencible combatiente por la verdad)». El nombre de la persona que escribe estas palabras ha de brillar por encima del suyo; es Francois Rabelais, que, en la aurora de su gloria juvenil saluda al crepúsculo del moribundo maestro. Y después viene todavía otra carta, una carta de Roma. Impacientemente la abre Erasmo, el septuagenario, y la deja a un lado, sonriendo amargamente. ¿No se están burlando de él? El nuevo papa le ofrece un capelo cardenalicio con la más rica prebenda, a él, que durante toda su vida, a causa de su libertad, ha huido despreciativamente de todos los cargos de este mundo. Con superioridad, se niega a recibir este honor casi ofensivo. «¿Debo yo, hombre moribundo, echar sobre mí cargas que he rechazado durante toda mi vida?». No, morir libre como libre ha vivido. Libre y sin hábitos ni uniformes, sin condecoraciones ni honores terrenos, libre como todos los solitarios y solitario como todos los libres.