Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Pero no alcanza ya su objeto. En un cochecillo de viaje, de los que en general sólo son utilizados por las mujeres, han llevado a Basilea al hombre caduco; allí el anciano quiere descansar y esperar aún durante algún tiempo, hasta que comience el deshielo y con la primavera pueda trasladarse a Brabante, en su patria. Mientras tanto, le retiene Basilea; aquí siempre hay todavía algún calor espiritual; aquí viven aún algunos amigos fieles, el hijo de Froben, Amerbach y otros. Éstos cuidan de la cómoda instalación del enfermo, lo llevan a su casa. Y también está allí todavía la antigua imprenta, y, feliz de nuevo, puede presenciar la transformación de lo pensado y escrito en palabra impresa; respirar el craso olor de las prensas; tener entre las manos los libros, bella y claramente impresos, y celebrar con ellos sus diálogos maravillosamente silenciosos, bellamente pacíficos e instructivos. Del todo en paz y apartado del mundo, demasiado fatigado, ya sin fuerzas para abandonar la cama durante más de cuatro o cinco horas cada día, pasa Erasmo el último tiempo de su vida con un intenso frío. Tiene la sensación de estar olvidado y proscrito, pues los católicos ya no lo solicitan y los protestantes se mofan de él; nadie le necesita, nadie solicita ya su juicio y sentencias. «Mis enemigos aumentan, mis amigos desaparecen», quéjase desesperadamente el solitario, para quien el humano trato espiritual fue la mayor belleza y la mayor dicha de la vida.