Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam En Florencia, en la misma época en que el moribundo Erasmo deja a las generaciones venideras, como noble tarea, su legado espiritual de una concordia europea, aparece uno de los libros más decisivos y osados de la Historia Universal, el famoso Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. En este manual, matemáticamente claro, de política de potencia y de buen éxito sin consideración a cosa alguna, están palpablemente formulados, como en un catecismo, los principios más opuestos al erasmismo. Mientras Erasmo exige de los príncipes y pueblos que subordinen, voluntaria y pacíficamente, en aras a la fraternal comunidad de todos los hombres, sus pretensiones egoístas e imperialistas, Maquiavelo eleva la voluntad de potencia, la voluntad de energía de cada príncipe y de cada nación hasta ser el supremo y único objeto de su pensamiento y acción. Todas las fuerzas de una comunidad nacional tienen que servir al pensamiento de la nacionalidad con el fervor de una idea religiosa; la razón de Estado, el extremo desarrollo de la propia individualidad nacional tiene que ser para ellos el único y visible fin propio y culminante de toda evolución histórica, y su realización, sin miramiento alguno, la más alta tarea dentro de los acontecimientos del mundo; para Maquiavelo, el sentido final es el poder y el desplegamiento del poder, para Erasmo, la justicia.
