Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Con ello, quedan fundidas para todos los tiempos, en su propia forma espiritual, las dos grandes y eternas maneras fundamentales de toda política universal: la práctica y la ideal, la diplomática y la ética, la política de Estado y la política de humanidad. Para Erasmo, el filosófico contemplador del mundo, la política pertenece a la categoría de la ética, en el sentido de Aristóteles, de Platón y de Tomás de Aquino: el príncipe, el guiador del Estado tiene, por encima de todo, que ser un servidor de lo divino, interpretador de ideas morales. Para Maquiavelo, el hombre del oficio, el diplomático familiarizado con el ejercicio práctico de las cancillerías de Estado, la política, por el contrario, representa una ciencia amoral y plenamente independiente. Tiene tan poco que ver con la ética como con la astronomía o la geometría. El príncipe y el jefe del Estado no tienen para qué soñar con la humanidad, ese concepto vago e inabarcable, sino contar con los hombres de un modo en absoluto antisentimental, como con el único material sensible que les es dado utilizar, y aprovechar sus fuerzas y flaquezas con toda la intensidad que, en su provecho y en el de su nación, permita la psicología; clara y fríamente, tienen que usar de tan escasa consideración y tolerancia con sus adversarios como un jugador de ajedrez, y aun por todos los medios, permitidos y no permitidos, deben adquirir para su pueblo la más alta medida alcanzable de provechos y predominio. El poder y el incremento del poder son para Maquiavelo el deber más alto, y el buen éxito, el derecho decisivo de un príncipe y un pueblo.


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