Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam En el terreno real de la Historia, la concepción de Maquiavelo, que glorifica el principio de la fuerza, ha sabido abrirse camino, naturalmente. No la política de la humanidad, reconciliadora y compensadora, no la política «erasmista», sino la política del poder nacional, dispuesta a aprovechar toda ocasión en el sentido del Príncipe, ha determinado desde entonces el dramático desenvolvimiento de la Historia europea. Generaciones enteras de diplomáticos han aprendido su frío arte en el libro de cálculo político del cruelmente perspicaz florentino; con sangre y hierro han sido dibujadas las fronteras entre las naciones, para desdibujarlas siempre de nuevo. La oposición y no la colaboración es lo que ha obligado a surgir apasionadas energías de todos los pueblos de Europa. Nunca hasta ahora, por el contrario, el pensamiento erásmico ha determinado la historia ni tenido influencia visible en la formación del destino europeo: el gran sueño humanístico de la resolución de las oposiciones en el espíritu de justicia, la anhelada unión de las naciones bajo el signo de una cultura común, ha seguido siendo una utopía, no ejecutada, y acaso nunca ejecutable dentro de nuestra realidad.