Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Pero este gran arte de dirigir, libre y con independencia, la propia vida (el más difícil para todo artista) tiene que ser aprendido. La escuela de Erasmo fue dura y de larga duración. Sólo a los veintiséis años se escabulle del claustro, cuya angostura y estrechez mental se le ha hecho insoportable. No obstante —primera prueba de su habilidad diplomática—, no huye de sus superiores como un fraile que cuelga los hábitos, sino que, tras secretas negociaciones, hace que lo llame el obispo de Cambray para que lo acompañe, en su viaje a Italia, como secretario latino; en el mismo año que Colón América, el prisionero monacal descubre Europa, su mundo futuro. Felizmente, el obispo prolonga su viaje y de este modo Erasmo tiene tiempo bastante para gozar de la vida a su façon: no tiene que decir misa, puede sentarse a la grande y bien provista mesa del obispo, conocer hombres sabios, entregarse con pasión al estudio de los clásicos latinos y eclesiásticos, y, además, escribir su diálogo Antibarbari: este título de su obra primera podría, por lo demás, ser puesto en todas las portadas de sus obras. Sin saberlo, ha dado comienzo a la gran campaña de su vida contra la mala educación, la necedad y el tradicional engreimiento, al afinar sus usos y dilatar sus conocimientos; mas, por desgracia, el obispo de Cambray renuncia a su viaje a Roma y la buena vida debe terminar de repente; no es ya preciso un secretario latino. Ahora, Erasmo, el fraile prestado, debería, en realidad, regresar obedientemente a su convento. Sin embargo, ya que una vez ha bebido el dulce veneno de la libertad, no quiere nunca más dejar de gozarlo. Simula un irresistible afán de alcanzar los grados superiores de la ciencia eclesiástica, con toda la pasión y energía de su miedo al convento, y al mismo tiempo, con el arte rápidamente maduro de su psicología, acosa al bonachón obispo para que lo envíe a París, con una pensión, a fin de que pueda obtener allí el grado de doctor en Teología. Por fin, el obispo le concede su bendición y, cosa más importante para Erasmo, una escasa pensión como beca, con lo cual, en vano aguarda el prior del convento el regreso del infiel. Pero tendrá que acostumbrarse a esperar por él años y decenios, pues hace mucho tiempo que Erasmo se concedió a sí mismo, soberanamente, para toda la vida, el permiso de librarse del monacato y de toda otra coacción.


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