Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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El obispo de Cambray proporcionó al joven estudiante sacerdotal la pensión acostumbrada. Pero esta pensión es desesperadamente escasa, un estipendio de estudiante para un hombre de treinta años, y, con amarga mofa, bautiza Erasmo a su ahorrativo protector con el nombre de su Antimæcenas. Profundamente humillado, tiene que hospedarse aquel hombre rápidamente acostumbrado a la libertad y viciado con las abundancias de la mesa episcopal, en el domus pauperum, en el mal afamado Collège Montaigu, poco propio para él por su ascético reglamento y su dirección severamente eclesiástica. Situado en el Barrio Latino, en el Mont Saint-Michel (aproximadamente donde está el actual Panteón), esta cárcel del espíritu aísla celosa y por completo al joven estudiante, lleno de curiosidad por la alegre existencia de sus mundanos camaradas; como de un tiempo de vida de presidiario, habla de aquel teológico encierro de su más bella juventud. Erasmo, que tiene de la higiene una representación sorprendentemente moderna, estampa en sus cartas queja tras queja: los dormitorios son malsanos, las paredes heladas, revocadas de cal, y perceptiblemente próximos a las letrinas; nadie puede habitar largo tiempo en esta «amarga residencia» sin caer mortalmente enfermo o sin fallecer. Tampoco los alimentos le agradan, los huevos o la carne están putrefactos, el vino echado a perder, y las noches están llenas de una lucha nada gloriosa contra los bichos. «¿Vienes de Montaigu?», —pregunta más tarde, mofadoramente, en sus Coloquios—. «Indudablemente tendrás la frente cubierta de laureles». «No, de pulgas». La disciplina conventual de aquellos tiempos no se espanta, además, de los castigos corporales, y lo que veinte años antes, en la misma casa, un asceta fanático como Ignacio de Loyola estuvo dispuesto a sufrir tranquilamente para educación de su voluntad, los azotes y la baqueta, repugnan a una naturaleza nerviosa e independiente como la de Erasmo. También la enseñanza le produce aversión; rápidamente aprende a aborrecer para siempre el espíritu escolástico, con sus muertos formalismos, su huero talmudismo y su sofistería; el artista que hay en él se indigna —no tan divertidamente como más tarde Rabelais, pero con idéntico desprecio— contra la opresión del espíritu en aquel lecho de Procusto. «Nadie puede comprender los misterios de esta ciencia, si alguna vez ha anudado trato con las musas o con las gracias. Todo lo que has adquirido de bonæ litterae tienes que perderlo aquí y arrojar de ti lo que hayas bebido en las fuentes del Helicón. Hago todo lo que puedo para no decir nada en latín, nada gracioso o espiritual, y he hecho ya tales progresos en ello que alguna vez, probablemente, llegarán a considerarme como uno de los suyos». Por fin, una enfermedad le da el pretexto, largo tiempo anhelado, para huir de esta odiada galera del cuerpo y del espíritu, con renuncia al grado de doctor en Teología. Cierto que Erasmo regresa nuevamente a París, al cabo de breve convalecimiento, pero no ya a la «amarga residencia», al Collège vinaigre, sino que prefiere ganarse la vida dando lecciones, como preceptor y repasador de jóvenes alemanes e ingleses bien acomodados; comienza para el sacerdote la independencia del artista.


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