Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Pues, considerado en sí mismo como puramente corporal, sólo como máscara y exterioridad, sin la fuerza que se reconcentra en el interior de sus ojos, el semblante de Erasmo en modo alguno podría ser llamado bello. La Naturaleza no ha dotado pródigamente a este hombre, rico de espíritu; sólo le ha proporcionado una escasa cantidad de auténtico vigor y vitalidad: una figurilla muy pequeña con menuda cabeza, en lugar de un cuerpo firme, sano y capaz de resistencia. Tenue, descolorida y sin temperamento es la sangre que le infundió en las venas, y, sobre los nervios ultrasensibles tendió una piel delicada, enfermiza y con color de estar siempre encerrada, la cual, con los años, se arrugó como un pergamino gris y frágil, contrayéndose en mil pliegues y runas. En todo él se advierte esta escasez de vitalidad: el pelo, demasiado ralo, y no del todo teñido de pigmento, muestra un rubio casi incoloro en las sienes surcadas de venas azules; las manos, anémicas, relucen translúcidas como alabastro; demasiado aguda y como un cañón de pluma, sobresale la puntiaguda nariz sobre el rostro de ave; de un corte demasiado estrecho, demasiado sibilino, los cerrados labios, con su voz débil y sin tono; los ojos harto pequeños y escondidos, a pesar de toda la fuerza de su brillo; en ninguna parte se caldea un color fuerte ni se redondea una forma llena, en este severo semblante de trabajador y de asceta. Es difícil representarse como joven a este sabio, montando a caballo, nadando o haciendo esgrima, bromeando con mujeres o acariciándolas, azotado por el viento y el mal tiempo, hablando alto y riéndose. Involuntariamente, se piensa al punto, al ver esta fina cara de monje, con una sequedad como de conserva, en ventanas cerradas, en el calor de la estufa, en el polvo de los libros, en noches de vigilia y días llenos de trabajo; ningún calor, ningún torrente de fuerza brota de este glacial semblante, y, en efecto, Erasmo siempre tiene frío, este hombrecillo de cuarto cerrado se envuelve siempre en unas vestiduras anchas de mangas, gruesas, guarnecidas con pieles; siempre cubierta la ya tempranamente calva cabeza, contra las atormentadoras corrientes de aire, por un birrete de terciopelo. Es el semblante de un ser humano que no vive en la vida, sino en el mundo del pensamiento; su fuerza no reside en el cuerpo entero, sino que está encerrada únicamente en la huesuda bóveda de encima de las sienes. Sin fuerzas de resistencia contra la realidad, Erasmo sólo en la función de su cerebro tiene su vitalidad verdadera.


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