Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Sólo a causa de esta aura de lo espiritual llega a ser expresivo el semblante de Erasmo: incomparable, inolvidable, el cuadro de Holbein que representa a Erasmo en el más sagrado momento de su existencia, en el instante creador del trabajo; esta obra maestra de las obras maestras del pintor, acaso pudiera ser calificada como la más perfecta apreciación pictórica de un escritor, en quien la palabra viva se convierte mágicamente en la visibilidad de lo escrito. Siempre se acuerda uno de esta imagen —pues ¿quién que la haya visto podrá nunca olvidarla?—; Erasmo está en pie ante su pupitre, e involuntariamente percibe uno hasta el temblor de sus nervios: está solo. Pleno silencio reina en este recinto; la puerta, detrás del hombre que trabaja, tiene que estar cerrada; nadie anda, nada se mueve en la estrecha celda, pero cualquier cosa que en torno ocurriera no sería advertida por este hombre hundido en sí mismo, embelesado en el trance de crear. Parece de una tranquilidad de piedra, en su inmovilidad; pero, si se le mira más despacio, su situación no es de quietud, sino de quien está plenamente encerrado en sí mismo, un misterioso estado de vida que se desarrolla por completo en lo interior. Pues, con la más tensa concentración, su resplandeciente mirada azul, como si se derramara luz de sus pupilas sobre las palabras, sigue lo escrito sobre la blanca hoja de papel, donde la mano diestra, flaca, sutil y casi femenina, traza sus signos, obedeciendo a una orden que viene de arriba. La boca está fruncida; la frente resplandece serena y tranquila; mecánica y fácilmente, parece que el cañón de pluma coloca sus runas sobre la pacífica hoja de papel. No obstante, un pequeño músculo que se hincha entre las cejas revela el esfuerzo del pensamiento, que se realiza de modo invisible y casi imperceptible. Apenas material, este breve pliegue convulsivo próximo a la zona creadora del cerebro deja presentir la dolorosa lucha por la expresión, por estampar la palabra auténtica. El pensar se nos aparece, con ello, como cosa directamente corporal y se comprende que todo es tensión o intensidad en este hombre, cuyo silencio está atravesado por corrientes misteriosas; magníficamente se ha conseguido representar en esta imagen el momento, en general inescrutable, de la transmutación química de la fuerza de la materia espiritual en forma y escritura. Horas enteras puede contemplarse este cuadro y estar al acecho de su vibrante silencio, porque en este símbolo de Erasmo trabajando ha eternizado Holbein la santa gravedad de todo productor espiritual, la invisible paciencia de todo verdadero artista.


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