Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Sólo en esta única imagen percíbese la esencia de la personalidad de Erasmo; exclusivamente aquí se sospechan las fuerzas escondidas tras aquel pequeño y miserable cuerpo, que este hombre de espíritu arrastraba consigo como una concha de caracol, molesta y frágil. Erasmo, durante toda su vida, sufrió de la inestabilidad de su salud, pues lo que la Naturaleza le había negado en músculos, estaba substituido por una superabundancia de nervios. Siempre, ya desde muy joven, sufre de neurastenia, y quizás, hipocondríacamente, de una hipersensibilidad de sus órganos; demasiado angosta y llena de agujeros es la cubierta protectora que la Naturaleza ha tendido sobre su salud; siempre queda, en cualquier lugar, un sitio desguarnecido y sensible. Ya es el estómago el que marra, ya el reumatismo le desgarra los miembros, ya le atormenta el mal de piedra, ya le aprieta la gota con sus malignas tenazas; todo soplo agudo de aire actúa sobre su sensibilidad excesiva como el frío en una muela cariada, y sus cartas constituyen un continuo informe de enfermedades. Ningún clima le conviene por completo; se queja del calor, se pone melancólico con la niebla, aborrece el viento, se hiela con el frío más leve; pero, por otra parte, no soporta el calor de las estufas de cerámica, toda exhalación de un aire impuro le produce malestar y dolores de cabeza. En vano se envuelve siempre en pieles y gruesas vestiduras: no es suficiente para lograr el calor normal del cuerpo; a diario necesita vino de Borgoña para mantener en circulación su medio dormida sangre. Pero con que el vino tenga sólo un indicio de avinagramiento se anuncian ya en sus entrañas señales de alarma. Apasionadamente aficionado a una comida bien guisada, excelente discípulo de Epicuro, Erasmo tiene un miedo indecible a los malos alimentos, pues con una carne echada a perder se le rebela el estómago, y ya el simple olor del pescado le aprieta la garganta. Esta sensibilidad le obliga a mimarse con exceso, el refinamiento llega a ser para él una necesidad: Erasmo sólo puede llevar sobre su cuerpo tejidos finos y de abrigo, sólo puede dormir en camas limpias, sobre su mesa de trabajo tienen que arder los más caros cirios en lugar de las usuales teas fuliginosas. Cada viaje se convierte, por ello, en una desagradable aventura, y los informes del eterno viajero sobre los entonces aún muy atrasados mesones alemanes constituyen, en la historia de la cultura, un insustituible y regocijado catálogo de imprecaciones y riesgos. A diario, en Basilea, da un gran rodeo para llegar a su morada, a fin de evitar un callejón especialmente maloliente, pues toda forma de hediondez, ruido, inmundicia, humo, y, en el terreno espiritual, de brutalidad y tumulto, provoca, en su sensibilidad, un mortal tormento para el alma; una vez, en Roma, como sus amigos lo llevaron a una corrida de toros, declaró con repugnancia que «no encuentra ningún placer en aquellos sangrientos juegos, restos de la barbarie»; su íntima delicadeza sufre con toda forma de incultura. Desesperadamente, busca este solitario higienista, en medio de una edad de horrible descuido corporal, en aquel mundo bárbaro, la misma limpieza que él, como artista y escritor, pone en su estilo y en su trabajo; su organismo, nervioso y moderno, se adelantó en varios siglos a las necesidades culturales de sus contemporáneos, groseros de huesos y de piel, con nervios de acero. Pero el temor de sus temores es el de la peste, que entonces se trasladaba mortíferamente de país en país. Apenas oye que la epidemia negra ha aparecido a cien leguas de distancia de donde él se encuentra, un escalofrío le recorre las espaldas, al instante levanta el campo y huye con gran pánico, indiferente a si el emperador le llama a su consejo, y no le tientan las más seductoras ofertas: ver su cuerpo cubierto de lepra, úlceras o bichos le degradaría ante sí mismo. Este miedo exagerado de todas las enfermedades no lo denegó nunca Erasmo, y, como honrado vecino del mundo terrenal, no se avergüenza lo más mínimo de confesar que «tiembla ante el solo nombre de la muerte». Pues como todo aquel a quien le gusta trabajar y tiene por importante su trabajo, no quiere ser víctima de un azar torpe y necio, de un estúpido contagio, y, precisamente porque como buen conocedor de sí mismo sabe mejor que nadie cuál es la innata debilidad de su cuerpo y lo que amenaza especialmente a sus nervios, se trata con miramientos y ahorra todo lo que puede, con angustiosa economía, las fuerzas de su sensible cuerpecillo. Evita los banquetes excesivamente regalones, presta cuidadosa atención a la limpieza y buena preparación de los alimentos, huye las tentaciones de Venus, y, ante todo, siente temor de Marte, el dios de la guerra. Cuanto más, al envejecer, le oprime la miseria corporal, tanto más consciente se hace su método de vida, en una permanente lucha en retirada, para salvar lo poco de tranquilidad, seguridad y aislamiento que necesita para el único placer de su vida: el trabajo. Y sólo gracias a estas precauciones higiénicas, a esta visible resignación, logró Erasmo el hecho inverosímil de arrastrar el frágil vehículo de su cuerpo, a través del más bárbaro y horroroso de todos los tiempos, hasta la edad de setenta años, y conservar lo único que en esta existencia era verdaderamente importante para él: la claridad de su mirada y la intangibilidad de su libertad interna.


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