Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam la indigente oquedad reverenciada,
mordaza para el arte quien gobierna,
privado de derechos el espíritu,
juzgada necia la honradez sencilla.
Quien, como él, fue pobre durante largo tiempo; quien estuvo en la oscuridad y pidiendo limosna delante de las puertas de los poderosos, tiene empapado el corazón en amargura, como una esponja en bilis, sabe de la injusticia y la locura de toda acción humana y a veces le tiemblan los labios de ira y de tener que ahogar sus gritos. Pero Erasmo, en lo más profundo de su alma, no es ningún seditiosus, ningún rebelde, ninguna naturaleza radical: la queja, patética y agria, no concuerda en su mesurado y previsor temperamento. Erasmo carece por completo de la ingenua y bella ilusión de que con un solo golpe y empellón se podría echar abajo todo lo malo que existe sobre la tierra; ¿para qué, pues, ponerse a mal con el mundo, piensa tranquilamente, ya que uno solo no puede mudarlo, ya que, según parece, este engañar y engañarse pertenece a lo eterno e inmutable del hombre? El varón prudente no se queja, el sabio no se excita: mira con penetrante mirada y despreciativos labios el estúpido ajetreo, y, con el «guarda e passa!» del Dante, prosigue su propio y constante camino.