Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Pero, a veces, un ligero humorismo divierte, por una hora, hasta a la severa y resignada mirada del sabio: entonces se sonríe y con esta sonrisa ilumina irónicamente el mundo. El camino de Erasmo pasaba en aquellos días (1509) por los Alpes, de regreso de Italia. Allí había visto a la Iglesia en plena decadencia religiosa, al papa Julio, como condotiero, rodeado por la muchedumbre de sus hombres de guerra; a los obispos viviendo en el lujo y la licencia en vez de la apostólica pobreza; había presenciado el criminal furor bélico de los príncipes de aquel país destrozado, luchando unos con otros como lobos ansiosos de presa; había visto las arrogancias de los poderosos, el espantable empobrecimiento de los pueblos; de nuevo había lanzado una mirada a lo hondo del abismo del absurdo. Pero ahora todo aquello quedaba lejos, como una nube obscura, detrás de las soleadas crestas de los Alpes. Erasmo, el erudito, el hombre de los libros, iba montado en la silla de su caballo, no arrastraba consigo, por fortuna especial, su filológico equipaje, sus códices y pergaminos a los que, en general, permanecía encadenada su curiosidad de comentarista. Su espíritu se encontraba libre en este aire libre, le divertía el jugar y la petulancia; entonces tuvo una ocurrencia multicolor y encantadora, como una mariposa, y la llevó consigo por compañía en este feliz viaje. Apenas llegado a Inglaterra, escribió en la clara e íntima casa de campo de Thomas Morus el breve escrito satírico, en realidad sólo para proporcionar un entretenimiento al círculo social reunido en torno de él, y, en honor de Thomas Morus, le puso por título el juego de palabras de Encomium Moriæ (Laus Stultitiæ en latín, lo que se puede traducir por Elogio de la Locura).