Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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En medio de bromas, comienza la sátira. Doña Estulticia, con toga de sabio, pero con la caperuza del bufón sobre la cabeza (así la dibujó Holbein), asciende a la cátedra y pronuncia un académico discurso de alabanza en honor de sí misma. Sólo ella, según dice en su autoelogio, es la que mantiene la marcha del mundo, ayudada por sus servidores la lisonja y el amor propio. «Sin mí no habría sociedad posible, ni relaciones sólidas y agradables en la vida; sin mí, a la verdad, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, el señor a su criado, la criada a su amable dueña, el discípulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido, el mesonero a su huésped, el compañero a su compañero; en una palabra, ningún hombre a otro hombre, si no se engañaran mutuamente, se adularan unos a otros y usaran de complacencia, frotándose recíprocamente con la miel de la locura». Sólo por lo que sobrestima el dinero se molesta el comerciante; sólo por «la atracción de una vanagloria», gracias al fuego fatuo de la inmortalidad, crea sus obras el poeta; sólo merced a esta misma ilusión se hace osado el guerrero. Un hombre sobrio y prudente huiría de toda lucha, no haría si no lo estrictamente necesario para sostenerse; nunca, si no estuviera plantada en él esta hierba de locura que le da la sed de eternidad, movería su mano y pondría en tensión su espíritu. Y ahora chisporrotean animosamente las paradojas. Sólo ella, la Estulticia, expendedora de ilusiones, proporciona la felicidad, y todo hombre será tanto más dichoso cuanto más ciegamente dependa de sus pasiones, cuanto más irrazonablemente viva. Pues toda reflexión y todo atormentarse a sí propio obscurece el alma; el placer no está nunca en la claridad y en la prudencia, sino siempre en la embriaguez, en la superabundancia, en estar fuera de sí mismo, en la ilusión; un brote de locura corresponde siempre a toda vida verdadera, y el justo, el clarividente, el que no está sometido a las pasiones no representa, en modo alguno, al hombre normal, sino una especie de monstruosidad. «Sólo aquel que en su vida es acometido por la locura puede en verdad ser llamado hombre». Por ello, alábase con gran énfasis la Estulticia como verdadera promotora de todas las humanas obras; con seductora facundia expone cómo todas las muy celebradas virtudes del mundo, el ver claro y verdadero, la sinceridad y la honradez, en realidad sólo fueron hechas para amargar la vida del hombre que las ejercita; y como, aparte de esto, es dama instruida, cita orgullosamente en favor suyo la sentencia de Sófocles: «Sólo en la irreflexión es grata la vida».


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